La ventaja de Steve Jobs

Jobs cofundó Apple en el garaje
de su casa. Diez años más tarde, tras recibir dinero de varios inversores,
Apple valía 2 mil millones de dólares, tenía 4.000 empleados y producía una
larga lista de innovaciones que cambiarían el mundo. 

En varios países europeos y en
casi todos los latinoamericanos, Jobs hubiera sido uno de los tantos
emprendedores frustrados.

Un mensaje de Twittter de un
seguidor español que recibí horas después de la muerte del fundador de Apple,
Steve Jobs, me llamó la atención.

El mensaje decía: “en España,
Jobs no hubiera podido hacer nada, porque es ilegal iniciar un empresa en el
garaje de tu casa, y nadie te hubiera dado un centavo”.

El comentario plantea algunas
preguntas interesantes: ¿por qué no hay más innovadores como Jobs –o el
fundador de Microsoft, Bill Gates, o el de Facebook, Mark Zuckerberg, o tantos
otros– en muchas partes del mundo, o ¿Estados Unidos seguirá siendo el centro
tecnológico del planeta en momentos en que su influencia política, militar y
económica está en disminución?

Jobs, que murió a los 56 años,
estudió en una buena escuela secundaria en una zona de California, repleta de
compañías de alta tecnología, y cofundó Apple en el garaje de su casa a los 20
años de edad.

Diez años más tarde, tras recibir
dinero de varios inversores, Apple valía 2 mil millones de dólares, tenía 4.000
empleados y producía una larga lista de innovaciones que cambiarían el mundo,
incluyendo la computadora Apple, el iPod, el iPhone y más recientemente el
iPad.

En 1985, Jobs fue despedido de
Apple en medio de una lucha de poder dentro de la empresa, e inició un periodo
que más tarde describió como el más creativo de su vida.

Fundó NeXT Computer con poco
dinero, pero muy pronto el multimillonario Ross Perot hizo una importante
inversión en su empresa, y cinco años más tarde produjo las primeras terminales
informáticas NeXT.

A mediados de los años 80, Jobs
compró también una empresa de computación gráfica y empezó a producir películas
como Toy Story y otros filmes animados por computadora. Volvió a Apple en 1996
y lo que siguió es historia. A lo largo de su vida, registró 338 patentes de
inventos propios o compartidos.

A juzgar por las estadísticas
internacionales, mi corresponsal de Twitter puede estar en lo cierto al decir
que Jobs hubiera tenido que ser muy paciente –y afortunado– para iniciar su
empresa informática en España o en otros países.

Según el estudio del Banco
Mundial ‘Haciendo negocios, 2011’, en Estados Unidos se requieren 6 días y 6
procedimientos legales para iniciar una empresa, comparado con los 47 días y 10
procedimientos legales que se necesitan en España, 147 días y 17 procedimientos
legales en Venezuela, 120 días y 15 procedimientos legales en Brasil, 26 días y
14 procedimientos legales en Argentina, y 9 días y 6 procedimientos legales en
México.

En lo referido a la facilidad
para obtener crédito e iniciar una empresa, Estados Unidos ocupa el sexto lugar
en el mundo, Perú el puesto número 15, España y México el 46, Argentina el 65,
Chile el 72 y Venezuela el 176, según el mismo informe.

Con respecto a la protección
intelectual de las patentes –para impedir que otras personas roben una
invención–, Estados Unidos ocupa el quinto lugar en el mundo, Perú el número
20, Chile el 28, México el 44, Brasil el 74, España el 93, Argentina el 109 y
Venezuela el 179, según el estudio.

Aunque el informe del Banco
Mundial no lo considera, otro factor importante en el caso de Jobs, y otros
tantos innovadores, es la tolerancia de la sociedad al fracaso individual.

En muchos otros países, la
carrera de Jobs hubiera terminado cuando fue despedido de Apple. Tanto sus
pares profesionales como sus potenciales inversores lo hubieran considerado un
fracasado, pero en la cultura de innovadores de Silicon Valley, muy pronto Jobs
se reinventó y volvió al ruedo.

Mi opinión: Jobs pasará a la
historia como un gran innovador, pero no coincido con los innumerables
artículos que aparecieron después de su muerte, que lo describían como un genio
único en su tipo.

Estoy seguro de que existen otros
Steve Jobs, Gates o Zuckerbergs en potencia en muchos países, pero no se les
permite dar rienda suelta a su talento creativo porque sus entornos no
recompensan –y con frecuencia reprimen– la innovación.

En varios países europeos y en
casi todos los latinoamericanos, Jobs hubiera sido uno de los tantos
emprendedores frustrados que no pueden materializar sus invenciones, o uno más
de los millones de pequeños empresarios que trabajan en la economía subterránea,
sin poder producir nada masivamente. Y en el Estados Unidos de hoy, no sé si
Jobs conseguiría la financiación necesaria para iniciar un nuevo
emprendimiento.

Entonces, no hay que ver a Jobs
exclusivamente como un personaje fuera de serie.

También hay que tener presente
que su éxito se debió a la cultura de innovación de Silicon Valley, y
preguntarse si nuestros países –incluyendo a EE. UU.– están haciendo todo lo
posible por ayudar a que sus mejores talentos puedan desarrollarse.

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