El verdadero Steve Jobs

Déspota, competitivo,
visionario y maniático con las dietas. Así describe el periodista Walter
Isaacson al genio de Apple, en su única biografía autorizada.
«Detestable». Ese adjetivo, que en
inglés se escribe «obnoxious», lo utiliza con frecuencia Walter
Isaacson en la muy esperada biografía sobre el fundador de Apple, Steve Jobs,
que salió al mercado en Estados Unidos el pasado 24 de octubre. Y es cierto: a
juzgar por el libro, Jobs era un tipo detestable pero era también un genio de
la invención. Ambas cosas quedan clarísimas en este trabajo biográfico que ha
recibido grandes elogios en las reseñas de la prensa y que 48 horas después de
su publicación ya había entrado en la codiciada lista de best sellers.
La obra de Isaacson, uno de los biógrafos de
mayor prestigio del país, explica cómo Steve Jobs, que murió a los 56 años el 5
de octubre como consecuencia de un cáncer en el páncreas, fue un producto de la
cultura hippie de los sesenta y de sus antecedentes familiares. Ya se sabe que
sus padres biológicos tuvieron que darlo en adopción y que él creció en el seno
de una familia californiana que lo envió a Reed College, una importante
universidad de Oregon donde quedó patente su interés por la tecnología.

Jobs, según explica Isaacson, «era petulante y podía ser muy, muy duro con
la gente». En las más de 40 conversaciones que tuvieron, y en las cien
entrevistas con los amigos, enemigos y subalternos del fundador de Apple, el
biógrafo cuenta que Jobs podía acercársele a un trabajador de la compañía y
decirle como si nada que lo que estaba haciendo era «horrible y
deplorable», para luego preguntarle, por ejemplo, si era virgen o si había
usado LSD, sustancia que admite en el libro haber utilizado en la que resultó
ser «una de las experiencias más importantes» de su vida porque le
mostró «la otra cara de la moneda» y le enseñó que «lo
importante no es hacer plata sino crear cosas».

Con esa misma desfachatez, Jobs se despacha contra algunos colegas. De Bill
Gates, el fundador de Microsoft, señala en el libro: «Él nunca ha sabido
mucho de tecnología, pero posee un instinto enorme para saber lo que funciona.
Le falta imaginación y jamás ha inventado nada, por lo cual creo que se siente
más cómodo como filántropo que como tecnólogo. Se ha quedado con las ideas de
otros». Otros pesos pesados de Silicon Valley como Sergey Brin y Larry
Page, los fundadores de Google, tampoco se escapan de los varillazos de Jobs,
que afirmaba que Android había sido una copia del sistema Apple, por lo cual
los demandó judicialmente. «Voy a destruir a Android -aseguró-. Trabajaré
por eso hasta mi último aliento y gastaré hasta el último centavo de los 40.000
millones de dólares de Apple».

La petulancia de Jobs sale así mismo a flote ante algunos dirigentes políticos.
El presidente Barack Obama fue objeto de ella en el otoño de 2010. Según relata
Isaacson en la página 544 -el libro tiene 571-, Jobs llegó incluso a negarse a
sostener una reunión con el presidente y solo cambió de parecer cuando su
esposa, Laurene Powell, se lo pidió. El diálogo, en el aeropuerto Westin de San
Francisco, duró tres cuartos de hora. Jobs se quejó de que el gobierno no
facilitaba la apertura de fábricas en la China y de que el sistema educativo de
Estados Unidos era «anticuado» y «lisiado por las normas de los
sindicatos». Para rematar, le indicó a Obama que debía ser más
«amigable» con los empresarios, y concluyó con una frase poco
diplomática: «Vas a ser un presidente de un solo periodo». En
resumen, le pronosticó en la cara la derrota en los comicios de noviembre de
2012.

Varios años antes, narra Isaacson en la página 278, cuando a finales de los
noventa la política gringa ardía por el escándalo de Monica Lewinsky, Jobs
conversaba tarde en la noche con el entonces presidente Bill Clinton, quien le
preguntaba cómo manejar el asunto de su infidelidad con la becaria de la Casa
Blanca. La respuesta no fue la de un empresario común al presidente de los
Estados Unidos de América. Denotó mucha sobradez. Jobs le dijo: «I don’t
know if you did it, but if so, you’ve got to tell the country» («No
sé si lo hiciste, pero si fue así, tienes que decírselo al país»).
Isaacson asegura que hubo silencio al otro lado de la línea.

Firme creyente en la medicina alternativa y el naturismo, Jobs rechazó
inicialmente ser operado en 2004 del cáncer que padecía, y solo nueve meses
después accedió. Además, era maniático con las dietas. Loco por alimentos
verdes como los espárragos trigueros, en 1977 pasó semanas enteras comiendo
zanahoria con limón y, al mismo tiempo, dejó de usar desodorante porque
sostenía que su dieta no le producía malos olores corporales. En los almuerzos
más recientes en su casa dominaba la tensión, pues Jobs se había dedicado a
tomar jugos de frutas. Y un día, cuando su hija Lisa le contó que la sopa que
tomaban tenía mantequilla, no tuvo inconveniente en escupir la cucharada que se
había llevado a la boca.

La inmensa acogida del libro en Estados Unidos se debe no solamente al aprecio
que despierta Steve Jobs, sino a que el autor sea nada menos que Walter
Isaacson. Director del Aspen Institute en Washington y expresidente de la CNN,
Isaacson es célebre por haber escrito la vida de dos inventores memorables:
Benjamin Franklin, a quien se le debe, entre otras cosas, el pararrayos, y
Albert Einstein, autor de la teoría de la relatividad. Una tercera biografía se
incluye en su currículum: la del polémico ex secretario de Estado
norteamericano Henry Kissinger.

Isaacson conoció a Jobs hace casi 30 años, cuando le hizo un reportaje como
jefe de redacción de Time. «En ese momento, Steve me planteó la
posibilidad de contar su vida. El tiempo pasó y pasó, pero fue en enero de 2009
cuando su esposa Laurene me dijo: ‘Si quieres hacer lo de Steve, más te vale
que empieces ya’. Y así arrancamos», dijo la semana pasada. Hubo luego
numerosas caminatas compartidas en las que Jobs le dejó ver su afición por Bob
Dylan y su admiración desmedida por los Beatles. «Steve me sorprendió
-subrayó Isaacson el jueves en el programa Morning Joe, del canal Msnbc-. El
día que me mostró en su iPod las distintas versiones de la canción ‘Strawberry
Fields Forever’ en las que John Lennon va mejorando con mucho profesionalismo
la calidad de la música hasta llegar a la definitiva; y me sorprendió porque
después me dijo que esa había sido su filosofía en Apple».

Jobs no le exigió a Walter Isaacson que le dejara ver los borradores. Solo se
reservó el derecho de meter mano en el diseño de la carátula. Se trata de un
fondo blanco donde aparece su foto, mano en la barbilla y buzo negro cuello de
tortuga, diseñado por Isse Miyake en el Japón, moda con la que en los ochenta
reemplazó los bluyines y las camisas blancas. Poco antes de morir, Steve Jobs
llamó a Isaacson y le dijo que no se preocupara. «Leeré el libro el año
entrante», agregó, optimista. El biógrafo y la editorial Simon &
Schuster pisaron el acelerador. Anticiparon la fecha de publicación de
noviembre a octubre. De nada sirvió. A Jobs se le anticipó la muerte.

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