Uber y Airbnb, el ‘boom’ de compartir servicios en Internet

¿Qué tienen en común Uber y Airbnb? Estas dos compañías estadounidenses se encuentran en el selecto grupo de firmas tecnológicas privadas con valoraciones en el entorno de los US$10.000 millones de dólares. Son dos de los mayores exponentes de lo que se conoce como economía colaborativa, que levanta ampollas en aquellos sectores en los que irrumpe.

Uber, fundada en 2009 en San Francisco, ha desarrollado una aplicación para solicitar desde el móvil trayectos en vehículos privados. Nunca se paga en metálico: el importe del trayecto se carga directamente a la tarjeta de crédito que el usuario ha ligado a la aplicación. Al finalizar el viaje, pasajero y conductor pueden evaluarse.
Recientemente, se filtró que la facturación bruta de la firma (cobra un 20% de comisión por trayecto) es de unos US$20 millones semanales. Los bajos costes de Uber, que es un mero intermediario, hacen pensar en un negocio con un alto margen de beneficio.
La compañía se ha convertido en el objeto del deseo de los inversores, a pesar de la polémica que la rodea. Las protestas de taxistas, las multas a y las prohibiciones acompañan a Uber en su expansión, que le ha llevado ya a más de 70 ciudades en 36 países.
Neelie Kroes, vicepresidenta de la Comisión Europea, aseguró que la prohibición de operar dictada por un tribunal de Bruselas no busca «proteger o ayudar a los pasajeros» sino al «cártel del taxi».
En España, su aterrizaje en Barcelona ha puesto en pie de guerra a los taxistas, que dicen que Uber «vulnera la legalidad» y «no ofrece garantías a los viajeros». La Generalitat ha abierto un expediente para investigar supuestas irregularidades que se derivan de prestar un servicio de «transporte público» sin licencias.
Uber se defiende de las acusaciones de falta de seguridad del servicio. En su blog, explica que los conductores asociados pasan por un «estricto proceso de selección», que incluye la «verificación de antecedentes penales» y cuentan con un póliza de seguro de responsabilidad civil que cubre los trayectos.
«Es un fenómeno imparable, aunque habrá que pasar por una etapa de regulación. Es lógico que los sectores establecidos intenten proteger su negocio, pero estos modelos son difíciles de controlar, por lo que no se puede parar su avance», apunta Jordi Vinaixa, profesor del Esade. En su opinión, el avance de esta economía colaborativa entronca con un nuevo entorno en el que hay activos (coches o habitaciones) con capacidad ociosa que la gente está dispuesta a compartir y rentabilizar.
Airbnb
Airbnb tampoco vive ajena a la polémica. Fundada en 2008 en San Francisco, esta web facilita el alquiler de habitaciones o viviendas de particulares a turistas. En la actualidad, la compañía ofrece 600.000 plazas en 34.000 ciudades de 192 países. En España, tiene más de 55.000 espacios, un 63% más que en el último año.
El gremio hotelero no ve con buenos ojos la irrupción de una compañía a la que acusan de competencia desleal porque, aseguran, la mayoría de los pisos anunciados en su web no cumple la normativa exigida para establecimientos de alojamiento y sus propietarios no declaran impuestos.
En Airbnb se escudan en que los propietarios tienen la obligación de atenerse a las leyes de cada ciudad. Y contraatacan con estudios sobre el impacto en las economías locales. Por ejemplo, aseguran que, en un año, el impacto en Barcelona ha ascendido a US$174 millones, según un estudio realizado en colaboración con los economistas de Dwif Consulting. Para obtener esa cifra, se contabilizan los ingresos que obtienen los anfitriones, y aspectos como que los huéspedes de Airbnb se quedan 2,4 veces más tiempo y gastan 2,3 veces más dinero que los turistas típicos.

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