Redes sociales: una década de amor y odio

Aunque esta década marcó el despegue de innumerables tecnologías, algunas tan importantes como la inteligencia artificial, es difícil pensar en algo que haya impactado más a la humanidad que las redes sociales. Es cierto que las redes sociales no nacieron en esta década (Facebook, por ejemplo, nació en el 2004, y MySpace se creó un año antes), pero fue en los últimos 10 años que las redes se convirtieron en una fuerza arrolladora capaz de transformar sociedades, subir presidentes, robarnos la privacidad, alborotar nuestra frivolidad y alimentar un nivel de odio y polarización que a veces asusta. 

En esta década, las redes sociales sirvieron para ayudar a la gente, y también para manipularla. Les dieron voz a personas que nunca la habían tenido, pero también convirtieron a las masas en entes fácilmente manipulables, que se mueven al vaivén de políticos, influenciadores y empresas que saben cómo jalar de las cuerdas de titiritero. 
La información y la verdad siempre se han manipulado, pero las redes sociales han permitido que este mal alcance niveles nunca vistos en la política y otros campos. Si maestros de la manipulación como Adolf Hitler hubieran tenido una cuenta en Twitter o Facebook, posiblemente todos usaríamos camisas con esvásticas en el pecho. 
En esta década, algunas sociedades se levantaron para acabar con gobiernos dictatoriales apoyándose en las redes; otras permanecen bajo su yugo por cuenta de esas mismas redes. Mentir en las redes se volvió una profesión bien pagada, y muchas personas ya no tienen la capacidad de diferenciar un hecho de una noticia falsa porque años y años consumiendo contenido en las redes les ha quitado el criterio para entender qué es una fuente confiable y qué no. 
Las redes han alertado de problemas graves, han ayudado a personas que lo necesitaban, han promovido las campañas más nobles, pero también se han usado para subir videos de masacres, para distribuir discursos cargados de odio y racismo, para polarizar a países, para vender cuentos chinos y para generar paranoia. 
Uno de sus mayores males es el efecto burbuja: las personas solo se conectan en las redes con personas que piensan igual que ellas. Y, encima, los algoritmos de esas redes les muestran contenidos similares a los que ya han manifestado que les gustan. Así, las redes actúan como un filtro que solo deja pasar ideas que refuerzan las propias. 
El libro Web of Deceit (Web del engaño), de Anne Mintz, explica por qué: las personas tienden a resistirse a los hechos que cuestionan sus creencias. “Los sicólogos han estudiado este fenómeno y descubrieron que la gente trata de evitar conflictos sicológicos. Por eso, en vez de actualizar sus creencias con los datos correctos, las personas tienden a buscar información que confirma sus creencias, la aceptan sin cuestionarla, y evitan la información que es inconsistente con sus visiones y la menosprecian”. 
Eso es más dañino de lo que parece. Nos estamos convirtiendo en personas planas, mal informadas, sin capacidad de autocrítica, fáciles de engañar. Quizás eso sucede porque tenemos ideas cortas, mentes cerradas y nos gusta más la gente que refuerza nuestras ideas fijas, así estén erradas, que gastar energía con quienes nos cuestionan y nos muestran una visión más amplia del mundo. Y quizá las redes sociales son simplemente un reflejo de lo que somos: seres duales, capaces de lograr las gestas más grandiosas o de bajar a los rincones más oscuros del alma.

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